LVI

56. Aunque debiera ser lo más fácil para los habitantes de este planeta, hay que ver lo difícil, casi imposible, que resulta tener los pies en la tierra. Es una cualidad tan escasa, que rastreando en los distintos gremios, edades, grupos, catervas y muchedumbres, es casi imposible encontrar a algún componente que atesore semejante cualidad. Cada cual anda a lomos de sus fantasías, sus quimeras, sus utopías, sus ilusiones, sus creencias y sus dogmas, sobrevolando, ingenua y candorosamente, la superficie de nuestro planeta.

LV

Uno siempre debiera tener en cuenta que es menos importante de lo que pueda sentirse por dentro. Ese ejercicio de modestia auténtica es fundamental para abordar las cosas con lucidez. No se trata de expresarlo hacia afuera, hacia los demás. No. Se trata de sentirlo de verdad, de asumir que uno no vale tanto y de tener muy claro que, por muy bueno que uno sea en algo, por mucho que domine un tema, siempre hay otros que son mejores, lo harán mejor y nos mojarán la oreja.

LIV

Es una virtud del que dirige, poner a los subordinados en la situación de participar en el análisis de los proyectos y en la toma de decisiones. Es decir, convertir a os subordinados en colaboradores. El trance más peliagudo en ese proceso está en  saber  convencer a todos y a sí mismo de que todas las sugerencias no pueden ser igualmente valiosas, pero sí igualmente importantes, porque hasta la más ínfima de las barbaridades coadyuva al imprescindible proceso de selección y optimización.

LIII

El afán de protagonismo es, tal vez, la actitud que más  contribuye al fracaso de cualquier proyecto en el que haya una participación colectiva. Poner el propio lucimiento en beneficio del de todos, asumiendo que es el brillo común la condición del propio, es algo francamente poco frecuente. Y poco inteligente, porque el máximo rendimiento de cualquier empresa solo se obtiene cuando cada miembro se siente parte integrada en un todo, y el lucimiento personal es incompatible con esa entrega generosa al bien de todos.

LII

¿Qué hay que hacer cuando alguien te retira el cariño? Me sumo en la perplejidad.  No sé, lo confieso, gestionar esas situaciones. Si pretendes seguir como si nada, estás reconociendo que en algo habrás participado en la fractura del afecto; si respondes con  una retirada similar, pones las bases de un enfrentamiento, en el que con él tiempo, nadie recordará quién estuvo en el origen del mismo. Tal vez la indiferencia sea la mejor solución. Pero eso también deja heridas. En cualquier caso, la pérdida de afecto, es un desastre para todas las partes.

LI

La indignación es un sentimiento reactivo. Siempre se produce como respuesta a un agravio recibido. Se trata de una emoción justa y necesaria. Es precisa para el precario equilibrio personal que solemos manejarnos en los tiempos actuales. Te indignas y apaciguas un poco el dolor del agravio recibido. Pero la indignación tiene su cara  negativa y ésta se encuentra allí donde se convierte en un sentimiento permanente, que bloquea y dificulta cualquier otro. Entonces, ocupa tanto espacio que, si de pronto desaparece, provoca un vacío imposible de llenar si no se sustituye por otro sentimiento negativo.

L

El dolor moral es mucho más demoledor que el físico. El dolor físico hace que el cuerpo se rinda a su brutalidad, a su arbitrariedad, a su iniquidad, pero el alma, si no está demasiado resentida, puede soportarlo, luchar contra él y mantener su dignidad herida. El dolor moral, por el contrario, al afectar en primer lugar y directamente al centro de gravedad del espíritu, lo rinde y lo doblega y, con ello, termina destruyendo los hilos delicados que mantienen en pie la frágil anatomía que lo sostiene. Es más probable, así, que un dolor moral tenga más repercusiones físicas, que un dolor propiamente fisiológico. El alma duele más, porque duele en cada uno de los átomos del cuerpo.

XLIX

El auténtico poder del escritor es que su trabajo ofrece la posibilidad de crear la ilusión de vida. El escritor es como un taxidermista que levanta desde la muerte el espejismo de la existencia animada. Con restos que toma de aquí y de allá, con trozos del caudal de la realidad o de la fuente de su propia fantasía; con los residuos de sus propios naufragios y los despojos de sus mismas catástrofes, ha de construir un mundo que vibre y palpite, que tiemble y se estremezca. El escritor es un dios capaz de crear seres humanos capaces de obedecerle. Lo mismo que un dios. Lo mismo que Dios.

XLVIII

.Los seres humanos tenemos una inclinación a la melancolía. Esta predisposición se acusa en distintos grados en cada uno de nosotros, pero hay unos cuantos, entre los que me incluyo, que terminamos generando el hábito de la melancolía. ¿De dónde procede aquélla disposición? De la propia naturaleza humana. ¿Cómo termina adquiriéndose el hábito de la misma? Tal vez sea la traición el origen o, mejor dicho, la incapacidad de superar los dolorosos efectos de la traición. Todos traicionamos y somos traicionados a lo largo de nuestra existencia, pero  solo algunos nos instalamos en la melancolía.

XLVII

Suele ocurrir en la vida que, una mala jugada, una zancadilla o un golpe de mala suerte, te coloquen en una posición de desvalimiento tal, que todo lo que fuiste es olvidado y todo lo que te pasa es consecuencia de  tu propia debilidad. Esto, a veces, ocasiona el derrumbe de tu imagen para siempre y en todos los ámbitos de tu vida, aunque, lo que suele ser habitual, es que no afecten más que a aquel en el que se produce la catástrofe.
Pero es curioso como, a pesar de ello, en otro contexto, puedes seguir siendo alguien respetado, o incluso, empezar a serlo con independencia de aquella postración.

XLVI

El universo está lleno de nada. El cosmos es el reino de la nada. La inmensa mayoría del espacio está vacío. En las mismas cosas, cuando se estudia su estructura atómica, encuentran los científicos, que lo que más abunda es el vacío, que casi todo es nada. El cuerpo humano, también formado por átomos, participa de esa cualidad: somos más apariencia que realidad. El cerebro mismo es una estructura fundamentalmente vacía y bien que lo demuestran una buena porción de nuestros congéneres.

XLV

Cada ser humano acumula a lo largo de su vida una serie de frustraciones, de pérdidas, de decepciones, de desengaños, de desencuentros, desesperanzas y quebrantos. Es algo natural y consustancial a la vida.  Es algo que hay que aceptar y asumir. Algo que hay que interiorizar y admitir, sin pretender pedir cuentas a nada ni a nadie del dolor que nos procura.
Quienes no aceptan esta verdad y no asumen sus inconvenientes, convierten su amargura en rencor y odio hacia cuanto les rodea. Todo aquello  debe  ir creando un magma de resentimiento, de mala leche en sus corazones, que hace falta focalizarse contra alguien, proyectar contra los semejantes. Esta es la explicación de la maldad que se observa en tanto individuo  dispuesto a convertir en un castigo la vida de los otros.

XLIV

A la hora de definir tu imagen, el perfil que corre por ahí, casi con independencia de ti, lo que haces, lo que inventas, lo que vales o dejas de valer, no tiene apenas importancia. Lo que forja ese retrato es el cúmulo de prejuicios que sobre ti ha ido construyendo la gente. No  importa que suelas ir o no lo hagas nunca, si alguien difunde que siempre vas, no habrá manera de demostrar que estabas en otro sitio.  La fuerza, del rumor, del prejuicio es mucho más grande que la fuerza de la verdad.

XLIII

La felicidad consiste en vivir en concierto con las cosas y en armonía con la gente. Eso es. Ni más ni menos. Parece simple, mas no lo es. Ni siquiera es difícil. Es, sencillamente imposible. La felicidad es otro de esos horizontes utópicos que usa el ser humano para orientar su vida. No es posible alcanzar la felicidad, porque tal acuerdo con cosas y gente es impracticable. Lo impide la propia naturaleza.

XLII

No hay nada más transgresor que el pensamiento. Pensar es enfrentarse a la realidad anquilosada, a los tópicos adormecedores, a las verdades injustificadamente consolidadas. Es trascender lo convencional y abrir nuevas sendas para entender las cosas; es no transigir con lo que no puede ser admitido desde la propia condición de ser humano libre y racional. Pensar consiste en no aceptar más autoridad que la que estipula tu pensamiento.
El pensamiento es el ámbito de la subversión y la rebeldía. Es la transgresión constante. La única posibilidad de sentirse y ser verdaderamente humano.

XLI
La libertad es un horizonte, un ideal a conquistar, un motor que pone en marcha nuestra condición más noble. Pero no es más que eso. Y como tal horizonte, como por arte de magia, se va alejando de nosotros en la misma medida en que nos acercamos. La libertad nunca se alcanza, pero nada dignifica más al ser humano que esa lucha implacable por conseguirla. Solo se es libre en la medida en que se procura con denuedo la conquista de la libertad. Luego, somos esclavos de casi todo lo que nos rodea y nos habita. Ni siquiera Dios es libre. También Él está encadenado a su obra.
XL

No hay que exigirle a nadie que te quiera. A nadie. Ni reprochárselo tampoco. No hay que llorar nunca ante los desaires de quienes no te quieren o prefieren a otro. Normalmente, quien no te quiere es, o porque no te conoce bien o porque te debe algún favor. Puede haber otras razones, pero siempre serán menores (envidia, estupidez, ignorancia…). Esas dos son las fundamentales. Eso sí, sin aspavientos, sin mostrar ningún signo de debilidad, aléjate de quienes no te quieren. No es prudente seguir a su lado: es lo más probable que también se conviertan en tus enemigos.

XXXIX
Cada vez estoy más convencido de que somos lo que nos dejan ser. Uno arranca con unas intenciones, buenas en general, y pretende unos objetivos razonables y positivos y luego…las circunstancias te llevan y te traen, te arrastran y te obligan. Y de aquellas nobles intenciones, de aquellos insignes principios, no quedan más que una pálida imagen deformada por el espejo esperpéntico del mundo  y un leve trasunto de lo que quisimos. Nada más. Eso es todo. Una sombra de lo que queríamos perseguir; un remedo insuficiente del sueño que un día imaginábamos alcanzar.
XXXVIII
La mayor distancia humana ante las cosas, ante los demás, es la que procura el ensimismamiento. Cuando entras dentro de ti mismo, cuando allí te cobijas del mundo, no hay vara que pueda medir lo que entonces nos separa de aquél. Estar dentro es entrar en otro ámbito, en distinta dimensión; es deshacerte de lo que mancha y contamina, de lo que enturbia y envenena. Entrar dentro, sin embargo, no es huir del mundo, es trascender las cosas sin, pese a ello, evitarlas. Eso ya no es posible hacerlo.
XXXVII

Dios, según la teología cristiana, crea al hombre a su imagen y semejanza, es decir, libre. La creación es un acto de amor, de generosidad, sí. Pero es un acto voluntario, querido por Dios. Por lo tanto, Él es el único responsable del mismo y, por ello, a Él hay que cargar con las responsabilidades que se deriven de su acto de libre albedrío. Puesto que no pedimos ser creados en su momento, sino que lo fuimos por una acción personal del creador, a Éste no hay que pedirle ni rogarle; hay que exigirle que cuide de su creación. A Dios no hay que pedirle; a Dios hay que obligarlo.

XXXVI

Quien pretende alcanzar una vida más alta, quien aspira a ennoblecer su vida, ha de saber que ello acarrea un tributo de dolor, que hay que pagar de forma irremediable. Quien se instala en la vulgaridad tiene muchas más posibilidades de alcanzar una vida más apacible, que quien siente como un deber inexcusable no contentarse con la trivialidad de la ordinariez. Ser más implica estar peor. Quien nada se exige no tendrá que salvar ningún escollo y es en estos donde se reciben los arañazos y las contusiones.

XXXV
La vida es incompatible con la moral. La vida es ímpetu, energía que se desborda; la moral es civilización,  dique que contiene.  La vida lo ignora todo de la moral. Ésta sabe demasiado de aquélla. La vida odia las cortapisas; la moral no hace más que plantarle obstáculos en el camino. La vida se complace en la  espontaneidad; la moral, en el orden.
Y esta incompatibilidad  nos coge a nosotros en medio. Y en esa conjugación imposible, en esa tarea quimérica, agotamos los humanos nuestras escasas energías, sin otra recompensa que el fracaso y la frustración  a que conducen empeño tan descabellado.
XXXIV
La postura de Jesús ante las normas y prescripciones de la religión oficial de su época es literalmente revolucionaria. Sus dichos y parábolas ponen en solfa la ortodoxia religiosa vigente. Sus posturas causan escándalo en los estamentos del templo y de las sinagogas y asombro entre los que lo escuchan. ¿Cómo es posible que semejante personaje haya sido utilizado por la jerarquía que arranca con su mensaje, la iglesia, hasta convertirlo en un líder conservador, portador de un mensaje reaccionario?
XXXIII

Ni la reverencia ni la hostilidad son formas adecuadas de enfrentarse a la interpretación de una norma, de una ley, de un texto, de una conducta, de una personalidad. La reverencia nos hace ver las cosas desde abajo, de rodillas, con la postura humillada de la entrega incondicional, con lo cual se aumenta el valor de lo que hemos de valorar, que queda colocado en un plano que lo esconde de nuestra mirada. La hostilidad coloca una barrera infranqueable entre el que juzga y lo juzgado. La mirada se torna imposible, porque el odio la desenfoca de tal manera que impide cualquier atisbo de realidad. Aún hay otra forma perniciosa, la indiferencia, que impide siquiera ver lo que no interesa. Solo cabe una actitud: la neutralidad inteligente y honrada.

XXXII

Políticamente, hay dos formas básicas de posicionarse: o del lado de los fuertes o del lado de los débiles. Los que apuestan por los fuertes no tienen más que callar ante las injusticias más flagrantes o aplaudir los métodos represores de cualquier policía. No tienen dilemas a los que enfrentarse. Su vida es intelectualmente confortable. Los que se decantan por los débiles estarán siempre en constante cuestionamiento de la realidad y sufriendo las acometidas de la incomprensión y el desprestigio. Juegan a perder y a pelear por lo imposible. Unos y otros exhiben con ambos posicionamientos las dos maneras cardinales de estar en el mundo: a la sombra pero de rodillas o al sol, pero de pie.

XXXI

Una cosa es ser optimista y otra, muy distinta, ser imbécil. Una, obligarse a estar alegres y otra, muy diferente, ser un inconsciente. La vida tiene un sabor predominantemente amargo y, por eso, requiere de nuestro esfuerzo desesperado por hacerla parecer dulce y transitable, apacible y serena. Pero una cosa es defender la alegría, hacer como que no sentimos los zarpazos del destino y otra, muy contraria, no darse cuenta del mar proceloso por el que navegamos.

XXX

La música es la única experiencia vital capaz de alterar nuestra percepción corriente y habitual de las cosas. La música tiene un efecto básico sobre nuestros instrumentos receptores: nuestros sentidos,   nuestra capacidad de analizar y desvelar interioridades ocultas. Solo la música puede hacernos parecer el mundo poblado por seres decentes y dignos, por relaciones humanas diáfanas y desinteresadas, y por gestos nobles y delicados. Sí, la música es la única suerte capaz de enderezar nuestros destinos. La única experiencia capaz de salvarnos.

XXIX

La belleza es inasequible, inalcanzable, inabordable. Tan solo podemos tener de ella ligeras impresiones, destellos que nos lanza de su soberana grandeza y que apenas pueden percibir nuestros toscos mecanismos receptores. No, la belleza no está a nuestro alcance. Y es bueno que así sea, porque en el caso de que pudiéramos alcanzarla, nuestra vida perdería casi todo su sentido, que no es otro que perseguirla.

XXVIII

La vida es lucha, depredación, violencia, egoísmo. En suma, se trata de algo sustancialmente  desagradable. Un magma que agobia y obliga, que exige alerta permanente y suprema atención. En definitiva, algo esencialmente indigno. ¿Qué hace pues que la vida sea apetecible? Muy sencillo. En los recovecos que se forman entre los pliegues de aquella sustancia desagradable hay suficiente espacio para la ternura, el amor, la entrega, el altruismo, la bondad, el desinterés, la solidaridad. Pero esto es algo completamente secundario al mecanismo general de la existencia. Y, sin embargo, nos basta para seguir tirando.

XXVII
Los seres humanos tenemos una tendencia incorregible hacia la incoherencia. Somos incongruentes por sistema, aunque alguna vez, por excepción, abandonemos nuestra inherente condición cambiante. Por eso, la coherencia tiene que ser un ideal, un horizonte que hay que proponer para orientar nuestro pensamiento y nuestras acciones. Estamos tan llenos de contradicciones, que incluso la lucha que entablemos por superarlas, ya constituye una buena medida de nuestra buena orientación como personas. Conseguirlo de una manera plena es tarea que se antoja inabordable.
XXVI

Una buena parte de la gente vive en continua zozobra por conocer y revelar la vida de los demás. El morbo de entrar en las existencias ajenas o  de presentarse ante los demás como expertos en debilidades extrañas ocupa la mayor parte de sus existencias.
Tal manera de entenderse con la vida muestra una profunda carencia de ser. Quien no tiene ninguna capacidad para afirmarse a sí mismo, no puede afirmar a los demás. Quien se siente nada no puede aceptar que alguien sea algo. Solo denostando al prójimo puede quien así opera sentir aunque sea un ápice de seguridad. Solo enterrada en la miseria ajena puede la propia parecer menos miserable.

XXV

De todas las posibles diferencias que pueden marcarse entre el hombre y el resto de los animales, sólo hay una que es fundamental y básica: el humor. Los animales piensan y deciden continuamente sus actos, aunque no reflexionen (¿seguro que no?); muestran alegría y tristeza, está eufóricos o se deprimen; expresan hostilidad o son amigables; son capaces de ternura y de altruismo… Es decir, igual que nosotros, si bien a otro nivel. Pero lo que no hacen los animales no humanos es reírse ni tener comportamientos humorísticos. Es lo único que no cabe en sus registros, en sus posibilidades expresivas. Hay que desconfiar fuertemente de las personas que no tienen sentido del humor. Carecen del rasgo más humano.

XXIV

El problema fundamental (e insoluble) de la comunicación es que los que participan en ella no conceden ni el mismo significado, ni el mismo valor, ni la misma relevancia a las cosas que plantean  o sobre las que discuten. No se trata sólo de las palabras, sino también de los hechos, las conductas, las acciones, los estados de ánimo. Haría falta una redefinición previa de todo, un ponerse de acuerdo en los términos y, aún así, aunque se llevara a cabo esa ímproba tarea, aún restaría la desoladora constatación de que cada uno otorgaría diferencias insalvables a cada concepto, a cada vivencia, a cada sentimiento.
La comunicación, en último término, se presenta como un proyecto acosado por obstáculos insalvables. Pero siempre queda la aquiescencia por simpatía o el rechazo por hostilidad. ¡Que no es poco!

XXIII

Es curioso y paradójico cómo los individuos nos refugiamos en la vida cotidiana cuando las zozobras y las inquietudes, los miedos y las curvas amenazan el camino. En ella recobramos el ánimo, nos ponemos a seguro y nos resguardamos de los aguaceros que acechan en los recodos de la vida. La cotidiana, con su carga de languidez y aburrimiento, de rutina y hastío, encarna como nada el ceremonial de la existencia controlada, sin sobresaltos ni peligros. Y sin embargo, ¡ay, sin embargo! lo que de verdad embriaga y enciende las venas es cuanto en nuestro rodar nos encontramos de azaroso y desprevenido. Es en el reino de la causalidad donde nos topamos con la verdadera existencia, que merece ser vivida, y nos sentimos de verdad, singulares y únicos.

XXII

Te ponen un trozo de plástico en la boca para hacerte creer que estás disfrutando del calor embriagador de tu madre. Pero la tetina es fría, por muy caliente que esté la leche. Y el mundo es frío y no se parece para nada al paraíso perdido del vientre materno. Y así se consuma ese primer engaño. Esa treta primigenia para mantenernos callados y tranquilos, anestesiados ante el dolor de vivir: cuando no son los dientes, serán los gases y, si no, las incomodidades propias de la edad y la existencia. Ese primer engaño es nefasto, porque es el que abre las puertas a todos los que han de venir de forma inexorable. Y como no protestamos y chupamos resignados, el mundo comprende que somos una presa fácil para sus engaños. Y como el potro termina aceptando la inoportunidad  de acarrear un jinete sobre sus lomos, de igual forma acabamos consintiendo nuestra temprana y futura postración.

XXI

Y lo cierto es que esto empieza bien. Sin solicitarlo siquiera te hacen aterrizar en un (luego te enteras) sitio que llaman mundo, lleno de aparatos y gente muy atareada, donde predomina el blanco. Te colocan en un habitáculo, que quiere simular  ese lugar sagrado e ingrávido donde has estado disfrutando del mejor clima y los mejores alimentos durante nueve meses. Te cuidan y lo hacen todo por ti. Te miman y acarician. Te transportan y te hacen monerías incomprensibles e impropias de gente tan seria y ocupada. Y te engañan; te engañan por primera vez. En ese momento, si entendieras algo de lo que ocurre, te darías cuenta de que estás asistiendo al principio de lo que será una larga ristra de artimañas que te acompañarán a lo largo de toda tu existencia. Tanto te marca esa primera trampa que acabas por asumir que sin ellas no es posible la vida y sucumbes una y otra vez, hasta que terminas engañándote a ti mismo.

XX

La auténtica conciencia de la vida consiste en comprender que los anhelos de hoy serán aniquilados mañana y, pese a ello, mantener toda la energía para seguir sembrando espacios y tiempos con simientes de quimeras imposibles y  renovadas ilusiones.
El ser humano, desde el más soñador al más pragmático, edifica su vida y su destino sobre los inestables cimientos de la  utopía. Somos entes utópicos. Si no lo fuéramos hace tiempo que habríamos abandonado esta empresa.

XIX
Los seres humanos pasamos la vida enterrando esperanzas con la misma presteza con la que las engendramos. La vida no es más que un ejercicio permanente de construcción y destrucción de esperanzas. Arquitectos impenitentes de sombras que edificamos en el vacío, los seres humanos vamos dejando lo peor y lo mejor de nosotros mismos en esa ingente  tarea prometeica. Sin  autoengaño no es posible la vida.
XVIII

Pero las esperanzas humanas son incombustibles; renacen una y otra vez de sus propias cenizas, sin que haya ninguna posibilidad de apagarlas de forma definitiva. Se vivifican y florecen de nuevo con el brío y la pujanza con que lanza sus vivos colores al mundo una flor nacida en el estiércol. No hay frontera que las detenga, ni montaña tan alta que pueda impedirles el paso. Una y otra vez saltan sobre su propia sombra y presentan sus mejores galas al iluso soñador que las engendra.

XVII

Igual que se escapa el agua y la arena entre los dedos, así se van diluyendo las esperanzas, humanas, los proyectos nobles y generosos, las ilusiones más perseguidas. Poco a poco, sin pausa, van goteando en el sendero que vamos dejando atrás, desoladas, vencidas olvidadas, para integrarse de forma sumisa, inconsciente, en el humillante magma del todo, es decir, de la nada.

XVI

16. Todos llevamos dentro el niño que fuimos. Hay quien lo conserva tan a flor de piel, que sigue manteniéndose jocosamente infante durante toda su vida. Él, como todos los que así disfrutan, vive y siente con la inocencia de un chiquillo y sueña con los sueños que nunca quiso abandonar. Otros, sin embargo, lo tienen tan en el fondo de su ser, que lo ven como algo casi ajeno, por lejano, por inaccesible. Ignoran al niño que incorporan, porque les resulta un personaje extraño, molesto, inconveniente. Su mundo de adultos está tan alejado de su mundo infantil, que el abismo que los separa supone un quiebra imposible de recomponer. Esa ruptura es el principio del fin.

XV

El mundo puede prescindir de nosotros; de hecho lo hace continuamente. Prescinde de gente como nosotros, peor que nosotros, mejor que nosotros. De hecho, nada tiene que ver el valor que tengamos para los demás o el que nos atribuyamos nosotros mismos. El mundo es indiferente al prestigio; al verdadero y al falso. El mundo corta por lo sano, porque no nos necesita en absoluto. Hoy uno de mis vecinos ha dejado esta vida por la coz de un caballo. Se ha ido para siempre. El mundo ha prescindido de él y ha seguido, impasible, su rumbo: las ranas han seguido croando, los chopos han continuado meciendo sus talles al golpe del viento, la gente ha seguido comiendo y bebiendo…el mundo no necesita para nada de su presencia. Ni de la tuya. Ni de la mía.

XIV

14. Sólo puedo entender la fe desde una voluntad inquebrantable de creer, de querer que exista una realidad trascendente, desde la agonía inconmovible por alcanzar lo que nos supera, de acercarnos al misterio indescifrable. No es posible entenderla (la fe) desde la entrega resignada a una idea recibida sin ningún tipo de cuestionamiento o desde la interesada vinculación a una ideología preponderante.

XIII

13. Si se entiende a los que afirman a Dios, con más razón, y desde la razón, hay que entender a quienes lo niegan. Prescindiendo de enfermos y pedantes, no creo que nadie lo rechace por capricho o por maldad; estoy convencido de que lo hacen por honradez intelectual y por respeto y lealtad al reino de sus iguales. No hay negatividad ni culto al vacío, sino encarnizada defensa del ser humano. No es nihilismo, sino humanismo.

XII

12. El hombre (y la mujer claro) busca siempre, una razón, una causa para todo lo que ocurre y le ocurre. Lo intenta racionalizar todo. El creyente lo tiene fácil: la causa de todo es Dios; Él es el que lo ordena todo y pone sentido en el caos de la realidad. En cambio, el no creyente tiene ante sí la ímproba tarea de explicar todo lo que es y todo lo que ocurre. Y como hay una gran mayoría de cosas para las que no encuentra   una razón, tiene que caer continuamente en la evidencia de que el absurdo preside la existencia.

XI

11. Refugiarse en la vida cotidiana para sobreponerse al absurdo de la vida es una cosa y otra, muy diferente, pensar que la vida es algo maravilloso que merece la pena recorrer de manera confiada. Ya es suficientemente penoso vivir con dignidad como para encima sentirse como un idiota que cree estar haciendo algo importante. Vivir con dignidad es ser consciente de lo que hay, sin paños calientes y sin desesperación.

X

10. Pensar que la vida tiene sentido es no querer aceptar la responsabilidad que tiene cada ser humano de construir el suyo. Lo único que tiene sentido es el esfuerzo inhumano que hay que hacer para programar el propio camino, para arrancar a andarlo y para mantenerse en él con dignidad. Cualquier otra cosa es un invento para anestesiar esa terrible tarea que se nos impone. Construirse un sentido es de valientes; pensar que la vida ya lo tiene es una manifestación que evidencia una  miserable cobardía.

IX

9. La mayoría de las personas no tienen ideas, tiene obsesiones. Si tuvieran ideas podrían intercambiarlas con los demás, pulirlas, mejorarlas, desarrollarlas. Incluso, cambiarlas, descartarlas y abandonarlas. Es decir, podrían dialogar y crecer; mejorar su mundo y el mundo. Pero las obsesiones son inflexibles: ni se negocian ni se cambian. Se mantienen a cal y canto. Mejor dicho, nos mantienen, porque, en realidad, el que las sufre se convierte en su esclavo.

VIII

8. El mundo es lo que yo no soy, pero que recibe su existencia porque yo lo vivo, lo construyo, lo sufro y lo disfruto. El mundo tiene exactamente el sentido que yo le doy. Sin mí es un magma sin contornos ni estructura. El orden lo pone mi mirada. Yo construyo el mundo. El mundo soy yo. Hay tantos mundos como egos capaces de edificarlos.

VII

El mundo para cada ser humano es aquello que le afecta de una manera directa y personal. La familia y su dinámica cotidiana , el propio cuerpo y sus señales de derrota y decadencia, el trabajo y sus trajines, los amigos y sus cuitas, tu calle, tu casa, tu cama y tus cosas, esas que son el refugio cierto y seguro.   los ocios y los negocios, los vecinos y la vecina…El mundo se reduce a nuestro universo, aquel que nos hiere y nos acaricia, nos rechaza y nos mima, nos alienta y nos desanima. El que te hace tropezar y elevarte, el que te abraza y te redime; el que te pisa y te condena. ese es nuestro mundo…el mundo. Lo demás, exactamente todo lo demás no es más que el marco del cuadro, el decorado de nuestra representación. Nuestro mundo es el mundo. Del resto tan sólo tenemos una lejana y superficial idea.

VI
Los ojos son la vanguardia que usamos en nuestra guerra por atrapar las cosas, por conquistar el mundo. Los ojos son los órganos de la mirada, esa entelequia que configura el universo. Las cosas son porque hay una mirada que las constituye. Sin mirada, desaparece la realidad. Los ojos proyectan, reciben, aclaran, enturbian, recogen, invitan y, en todos los casos, ordenan nuestra verdad y la de aquello que nos rodea. Los ojos son más elocuentes que las palabras, porque en su alfabeto no cabe la ambigüedad del idioma convencional y arbitrario. Los ojos siempre dicen lo que quieren decir y no hay forma de que digan otra cosa.
V

. ¿Por qué si todo es explicable desde su misma realidad, el ser humano sigue acudiendo a disquisiciones fantásticas para dar cuenta de las cosas del mundo? Porque el ser humano está dotado de una capacidad que lo vuelve capaz de conjeturar y divagar, que es la imaginación. Esa facultad le hace ver el mundo, la vida, la historia, como algo aburrido y vulgar, penoso y prosaico. Algo a lo que hay que inyectar misterio y enigma en sus entresijos, para que podemos saciar nuestra sed de trascendencia. Si careciéramos de imaginación, también nos faltaría la capacidad de abstracción, imprescindible para formar conceptos y para generar los sueños que nos impulsan a usarlos. Sin imaginación, seríamos seres tan concretos, que no hubiéramos echado a volar nuestras mentes más allá de nuestros instintos.

IV

Las cosas son más sencillas de lo que parecen. Las cosas son como son y todas tienen su explicación y las que aún no se explican es que se encuentran a la espera de ser reveladas. Siempre ha sido así y lo que hoy nos parece obvio, hubo un tiempo en que resultaba misterioso. El tiempo es paciente y sabe esperar y, al final, encuentra la solución de todos los enigmas. Quien se aferra a explicaciones trascendentes o milagrosas o mágicas es que no conoce aún esa enorme e infinita cualidad que atesora el tiempo. La explicación siempre se halla dentro de las cosas, nunca fuera de ellas. Buscarla en otro sitio es un pasatiempo o una obsesión o un ejercicio retórico o una solemne estupidez…En cualquier caso, es una pérdida de tiempo.

III

Entender nuestra realidad incompleta es admitir y comprender que, a pesar de que estemos condicionados por muchas contingencias, somos seres auténticamente libres. Y lo somos porque el factor capital para nuestro crecimiento, para nuestro desarrollo como seres perfectibles reside en nuestra permanente y continua toma de decisiones. Con cada una de ellas nos vamos construyendo, vamos elaborando nuestra verdad. Y en la medida en que nuestras decisiones son más nuestras, más auténticas, menos enajenadas,   mayor tributo rendimos a nuestra libertad.

II

El ser humano es un ser que nunca está completo. Su esencia consiste en irse haciendo en el tiempo. Nunca termina de hacerse; es pues un ser inacabado, siempre parcial, permanentemente provisional. Es un ente cuya esencia se va articulando en el proceso de existir. Su condición le empuja de continuo a completar su realidad pendiente, en la certeza de que cada nueva etapa lo coloca en un nuevo estado de provisionalidad.

I
Los años van cayendo sin posible evasión. Cada nuevo día nos acerca un poco más al final definitivo, pero la vida consiste en ir muriendo poco a poco. Aunque la vida también consiste en nacer permanentemente. Lo que ocurre es que, a medida que pasa el tiempo, cada vez vamos muriendo más de lo que nacemos, de forma que llega un momento en que morimos más que nacemos y, en esa progresión inversa de los dos polos, llega un momento en que todo es muerte y ya no hay ninguna posibilidad de nacer de nuevo…ni una vez más. En ese instante acabamos de desaparecer. Morimos de forma definitiva.