Me gustan especialmente, aunque sean míos, lo cuál tiene má mérito. Soy bastante exigente con mis cosas y no suelo rendirme al autoaplauso fácil. Así que lo que voy a incluir en esta sección ha pasado todos los filtros de mi autoexigencia. Haz CLIC en el libro del que proceden.

En la ribera

En la ribera,
sentado en la ribera,
viendo pasar el río:
el agua que nos lleva;
como un espectador
de la propia existencia.
A la sombra de un árbol
sin raíces ni tierra,
viendo crecer el muro
sin poner una piedra,
repitiendo murmullos,
dormido en la indolencia,
oculto de los otros
en su isla desierta,
con el cuerpo cansado,

con el alma tan vieja
que ni en la noche teme
ni con el alba tiembla.
A la sombra de nada,
sentado en la ribera,
viendo en la superficie
pasar las hojas muertas
como el que ve su sombra
cruzando por la acera.
Sin mojarse los pies,
sin dejar una huella,
a salvo de peligros
sobre la blanda arena,
viendo pasar el río:
el agua que nos lleva.

Cuando me vaya de aquí

Cuando me vaya de aquí
deja la ventana abierta
que subido en una ola
vendré a bañar tus arenas
y en cada soplo de viento
te mandaré savia fresca.
Deja que el nogal me añore
y que me olvide la yedra,
que crezcan negros espinos
en el camino de vuelta,
que yo vendré por las nubes
apartando las estrellas,
sembrando nuevos caminos
en las distancias etéreas.

Quédate con las miradas
que colgué en tu primavera

 

y con los besos azules
y con las blancas adelfas;
con los versos anhelantes
y las dulces azucenas.

Cuando me vaya de aquí
deja la puerta entreabierta
que yo cuidaré de ti
como cuidan las estrellas
de apagar la oscuridad
con la luz que las desvela.
Deja la cama vacía
que yo rondaré por ella
en la nube del silencio
y en la ansiedad de la espera.
Cuando me vaya vendré
a rondarte en cada espera.

Décimas enamoradas

Décima IV
Cuchillo que corta el viento
desde lo alto hasta abajo,
certero y sublime tajo
inaprensible, incruento.
Etéreo y sutil lamento
que regresa eternamente
y brota de la corriente
quebrada y rota del río
y remata su tronío
con la corona del puente.

Décima  VI
Sueña el pinsapo en la sierra
sobre su trono de nieve,
vida grave, torre leve,
prolongación de la tierra.
A su montaña se aferra
y apunta al sol con su lanza,
mientras con su flecha alcanza
la soledad infinita,
esa soledad que invita
a rendirse a la esperanza.

Si te viene bien

Si te viene bien
hacemos un trato:
tú pones la cara,
yo pongo los labios;
tú pones el cuerpo
yo pongo el abrazo;
tú la piel desnuda,
yo, la fresca mano.
Tú pones la voz
y yo los aplausos.

Si a ti te parece
firmamos un pacto,
nos damos un crédito
sin letras ni plazos;
tú pones el sitio,
yo pongo el horario.
Tú llenas de vino
mi sediento vaso

y yo de agua fresca
tu anhelante cántaro.
Si nos viene bien
hacemos un trato:
tú le pones alas
a mis graves párpados
y yo te regalo
mis cofres sagrados.
Tú me amarras fuerte
con tus dulces lazos
y yo siembro ardiente
tu vientre dorado.

Si a ti te parece
firmamos un pacto:
yo pongo los besos,
tú pones los labios,
todo lo demás
llegará a su paso.

De mi libro "Décimas enamoradas"

VII
Ronda te invita a volar,
a trascender lo corriente,
a fundirte en la inconsciente
insensatez de soñar.
Ronda es lo mismo que amar
lo inaudito, lo intangible;
igual que la imprescindible
aventura de sentir,
la locura de vivir.
al filo de lo imposible.

XIV
Deslumbrante sinfonía
de luz, color y paisaje,
silvestre, arisca y salvaje,
poderosa Serranía.
Y en el centro, la armonía
trenzada en sutiles lazos
y los postreros retazos
del sol brillando en la hiedra
de ese gigante de piedra
que la levanta en sus brazos.

Imagen


Las encinas salpican la ladera
y sus manchas oscuras se derraman
cual ejército inmóvil con sus fuerzas,
desplegado al albur de la mirada.

La serpentina fiel del horizonte
dibuja el resplandor de la distancia
y el astro cenital baña con bronce
la tierra que lo acoge enamorada.

Una casa se atisba brevemente,
-tal vez una ilusión- entre las ramas
y aventuro a un pastor en sus deberes:
su familia, sus sueños y sus cabras.