fotoportada

No quieren ser divertidos, aunque, a veces, puedar resultarlo. Tan solo pretenden hablar de la vida: del presente, del pasado y del futuro.
Y esperarán, como el arpa de Becquer, que alguien, algún día, los rescate del olvido, enfrentándolos al público encima de un escenario. Mientras tanto, aquí irán apareciendo y aquí­ tendrán su espacio y su casa.

EL NIÑO, EL JOVEN Y EL VIEJO

(Monólogo en 4 partes, marcadas por las diferencias de rima, siempre asonante. Debe hacerse con la gesticulación adecuada y el movimiento corporal apropiado a las diferentes situaciones. La primera parte, en la que se habla del niño, desde el proscenio. Bastará como mobiliario una silla y, tal vez, una mesa y alguna copa como recurso.
I
El niño que llevo dentro
me da la mano y me invita
a jugar con sus juguetes
y a rondar por las esquinas.
Yo me resisto, apocado,
pero el niño tira y tira
y tengo que conformarlo
con alguna chucherí­a.
(Pausa)
El niño quiere que deje
mis agobios y mis prisas
y que me suba, sin miedo
al tren de la fantasía;
que deje mis aposentos
y que me abrace a la vida.
Y yo, cuando se distrae,
logro perderlo de vista,
y me mantengo muy digno
en mis sagradas mentiras.
Pero, a veces, pocas veces,
miro lo que el niño mira
y logro darle la mano
al niño que llevo encima.
(Pausa y cambio de posición en la escena. Puede valer la silla o, incluso, la mesa para sentarse apoyado).
II
El joven que va conmigo
me quiere cargar sus sueños
y yo le digo que espere,
que yo no puedo con ellos;
que mi tiempo ya pasó,
aunque entienda sus deseos.
(Pausa)
El chaval que va conmigo
se me escapa de los dedos
y sus planes imposibles
me rompen el esqueleto.
Se enfrenta al mundo con rabia,
protesta por todo, y luego,
es tierno como una rosa
y frágil como un misterio.
Él me pide mi experiencia,
pero nunca mi consejo,
no le interesan mis dudas,
ni mis porqués ni mis peros.
Pero yo, a veces, lo escucho,
me coloco un traje viejo
y me pego un homenaje
igual que en aquellos tiempos.
(Pausa breve)
El joven que va conmigo
tiende sus alas al viento
y yo lo quiero seguir,
pero casi nunca puedo.
(Pausa larga y cambio de posición; de nuevo al proscenio para poner gesticular y moverse con más soltura).
III
El viejo que llevo encima
pide paso a cada paso
y yo le digo que espere,
que estas cositas, despacio.
Pero el viejo, insiste, insiste
y se pone tan pesado,
que tengo que demostrarle
que aún hay cuerda para rato.
Y me pongo a hacer piruetas,
a beber como un cosaco,
a bailar como un poseso
y a dar saltos, muchos saltos.
(Pausa)
El viejo viene hacia a mí­
y me anuda en un abrazo
y no me suelta, furioso,
mientras me lleva a su paso.
Y me dice y me aconseja,
que obre conforme a mis años
y que me vaya con él,
que al fin y al cabo es mi hermano.
Pero me logro soltar,
al menos, de vez en cuando,
y él me increpa y me persigue
y yo lo mando al carajo.
(Pausa larga y más libertad de colocación, puesto que ya están todos los personajes en liza).
IV
El viejo, el joven y el niño
van compartiendo mi historia:
el niño perdiendo el tiempo,
el viejo pidiendo la hora,
el joven tejiendo sueños
y yo persiguiendo sombras.
(Pausa breve)
Cuando se juntan los tres
tengo que esconder mis cosas,
porque lo revuelven todo
y todo me lo alborotan.
Y se apiñan los reproches
con la esperanza más tonta;
las ilusiones perdidas
con las verdades más hondas;
y yo, en medio de los tres
masticando mi derrota.
(Pausa más larga)
Mi joven pasa de cosas,
que a mí­ me dejan perplejo
incluso pasa de mí­,
de todo lo que yo espero.
Y me pone zancadillas
y desprecia lo que siento
y se mofa de mis dudas
y se burla de mis miedos.
(Pausa)
Mi viejo pide, indecente,
que deje de hacer el lelo
y que me instale en su piel,
que parezco un quinceañero.
Me reclama y me aconseja
y me tiene que no duermo.
Y yo le digo que basta
y él me contesta que bueno,
pero que si sigo al joven
voy a maltratar mi cuerpo
y que si yo no lo cuido
¡a ver qué cuerpo le dejo!
(Pausa)
Mi niño, pobre criatura,
de los tres, es el más cuerdo,
el que a mí­ más me comprende,
tal vez, porque es el más viejo.
Me regala su inocencia
y yo la tomo en silencio,
y, a veces, hasta la uso,
aunque me engañen por eso.
Pero yo cuido a mi niño,
porque es lo mejor que tengo.
(Pausa)
Pero he de reconocer,
que los tres son un martirio,
cuando quieren conseguir
de mí­ lo que ahora es mí­o.
Mi viejo tira hacia un lado,
el niño hacia otro camino
y el joven, que es el más fuerte,
nos salta a todos de un brinco.
El viejo quiere que duerma,
que no pare, quiere el niño
y el joven quiere que baile
toda la noche a su ritmo.
Mi niño tiene nostalgias,
mi viejo tiene apetito;
esto es el mundo al revés,
como lo siento lo digo.
(Pausa)
A veces me vienen ganas
de acabar con tanto ruido,
de sacarlos de mi vida,
de volverme otro distinto,
de escapar de sus miradas,
sus caprichos y sus gritos.
Hasta he pensado matarlos,
escapar de este suplicio;
pero serí­a un disparate,
como matarme a mí­ mismo.
¡Has de alejarlos de ti!,
me proponen mis amigos,
pero yo los quiero a todos:
al viejo, al joven y al niño,
todos son parte de mí­,
los cuatro somos “yo mismo”.

TODA UNA VIDA

(El personaje debe andar en los últimos momentos de su vida activa. Desde ahÍ­ hará un recorrido entrañable, aunque nada vanidoso de su vida; con distancia, hará un relato cargado de ironÍ­a, de humor socarrón y de placidez, no exenta de crÍ­tica).
I
Yo vine al mundo llorando
como todos los humanos;
los animales no lloran,
pero nosotros lloramos.
Me pusieron un babero
y un chupete entre los labios:
me volvieron un mamón,
mamando, siempre mamando.
Y me dieron un muñeco
con carita de payaso
y me miraban con ojos,
que me daban sobresalto.
Y me decían palabras
que sonaban raro, raro,
unos sonidos chocantes,
sin ningún significado.
Me colocaron un nombre
sin preguntarme: muchacho,
¿cómo quieres que te llamen
los chavales de tu barrio?
Me abrieron una libreta
de ahorros, me bautizaron,
me llevaban de paseo,
a todo me acostumbraron.
Y yo sin decir ni pío,
callado, siempre callado.
Me compraron una cama
clausurada por los lados
y me daban un manjar,
algo ní­veo entre las manos,
que me serví­a su tesoro:
un néctar sabroso y blanco;
cada dos horas los dioses
se posaban en mis labios;
y a mí­ tanto me gustaba
aquel maná dulce y grato,
que me tiré cinco años:
¡sesenta meses mamando!
Y así­, de aquí­ para allá,
sin haber dado ni un paso,
viajaba sin parar
desde la cuna a los brazos.
Luego llegaban caricias,
lisonjas, mimos, regalos,
y, un buen dí­a, de repente,
empecé a andar como un pato,
y a fuerza de andar y andar,
sin parar y sin descanso,
me encontré con que ya andaba
mejor de lo que ahora ando.
Y otro dí­a, de improviso,
me encontré con un hermano,
una bolita rosada
con dos piernas y dos brazos,
y empecé a sentir el sí­ndrome
del prí­ncipe destronado.
¡Qué terrible, compartir
tus juguetes y tu cuarto!
¡Qué tremendo, consentir
que otro use tus zapatos,
te pierda tus calcetines
y ocupe el cuarto de baño!
Y que te robe el cariño
que tú te habí­as ganado.
¡Qué desgracia, madre mí­a!
Y ahí­ acaba el primer acto
II
Cuando menos te lo esperas
te montan un cumpleaños,
invitan a mucha gente,
te visten de punta en blanco
y te dicen que esos son
tus parientes más cercanos.
También vienen muchos niños
y hay Coca-Colas y helados
y bollitos muy pequeños
y batidos y tu hermano
coge un rebote tremendo,
porque lo dejan a un lado.
Y todos están contentos
y comen como bellacos
y comiendo sin parar
se ponen como unos guarros.
Y miras aquellas caras
con ojos desconcertados
y con ganas de llorar
vas pasando por el aro
y te vas volviendo un potro
tranquilo, serio, domado.
Al comprobar que te miman
y que te traen agasajos,
poco a poco, sin querer,
tú te vas acostumbrando
a convivir con los otros,
a compartir tus espacios,
a respetar sus costumbres
y a ser un chico educado.
Luego te llevan a un sitio,
que suele tener un patio
con habitaciones grandes
y un pasillo muy, muy largo,
con pupitres y pizarras
y techos altos, muy altos,
y gente seria, muy seria
y ¡adiós al feliz verano!
Y te atiborran de libros,
de normas, de abecedarios,
y te obligan a acostarte
y a levantarte temprano.
Allí­ te enseñan que dos
más otros dos suman cuatro,
y que los héroes de ayer,
los gigantes del pasado
forjaron nuestro presente
en míticos escenarios.
Y así­, poquito a poquito,
con paciencia y con cuidado,
te van llevando hasta el huerto
y te van domesticando.
y te enseñan a fingir
y te obligan a ser cauto,
y toda tu vida entera
la meten en un horario.
Empiezas a protestar…
y fin del segundo acto
III
Y un buen dí­a te presentas
con tus pantalones largos.
¡Enhorabuena, chaval,
ya eres todo un ciudadano!
Pero te pesan las piernas
y llevas encima un pavo,
que apenas puedes tirar
de tus huesos estirados.
Y te pica la entrepierna
y te pica tanto y tanto,
que tienes que desfogar,
con fruición, a cada paso.
Y te molestan las normas
y te sientes tan precario,
que te buscas compañí­as
que compartan tu desánimo.
Y tus padres no te entienden
y te encuentras tan cansado,
que parece que tuvieras
ochenta o noventa años.
Pero va pasando el tiempo
y tú, cada vez más alto,
y aquellos ratos de ayer
te parecen tan lejanos…
Pero por mucho que quieras
mirar al frente es en vano:
el pasado está presente,
siempre regresa el pasado
y lo que fuiste es la regla
que va midiendo tus pasos.
Y a la grupa de tu infancia
inciciás un nuevo tramo,
que no es que sea más bueno,
que no es que sea más malo,
sino otra cosa, distinto,
porque las cosas cambiaron.
Y te miran las mujeres
y te dan un sobresalto
y sueñas hacer con ellas
lo que sueles con tu mano,
y los viejos te recuerdan
tus deberes olvidados:
¡y has de ser un tí­o decente!
¡has de buscarte trabajo!
¡Y labrarte un porvenir!
¡Y casarte, qué carajo!
¡Y tienes que devolverle
al mundo lo que te ha dado!
Y tú gritas, ¡libertad!
Y ellos te dicen: ¡despacio!
Tienes que ser responsable,
que ya no eres un muchacho.
Y tú te vas convirtiendo
en un burgués silenciado,
en un hombre taciturno,
en un personaje falso
de un drama que otros escriben
sin hacerte a ti ni caso.
Y tu vida, lentamente,
se te escapa de las manos.
Y sin más prosopopeya,
aquí­ acaba el tercer acto
IV
Y así, de afrenta en afrenta
y de fracaso en fracaso,
te vas volviendo un mediocre
egoí­sta despechado.
Y te van poniendo multas
y te van dando sablazos
y llegar a fin de mes
se convierte en un calvario.
Pero, eso sí­, tan contento
con tu tele y con tu radio,
con tu cerveza y tu fútbol,
tu playa y tus Reyes Magos.
Porque debes ser feliz,
aunque tu vida sea un raro
ejercicio de equilibrio
entre el dolor y el pecado.
Y te cargan de maldades,
aunque tú seas un santo,
y el pelo se va vistiendo
de un creciente color blanco.
Y te van creciendo hijos
y el salario va menguando
y los problemas se vuelven
compañeros, casi hermanos.
Y tu jefe no se entera
del valor de tu trabajo,
ni de tus capacidades
malgastadas por un plato
de comida sin sustancia,
empaquetada en un plástico,
que trajinarte a la boca,
que arrimar a tu rebaño.
Y entre prisas y cabreos,
entre pitos y semáforos,
vas pasando por el mundo
sin tiempo para mirarlo.
Sin ser conscientes de nada
elegimos y votamos
a unos listos con corbata
de marca y muy trajeados,
de profesión, sus trajines,
sus sobres y sus escaños;
tan soberbios como prí­ncipes,
tan expertos como vagos.
Y ponemos nuestros hijos,
nuestras vidas, nuestros cuartos,
en sus caprichosas mentes,
en sus beneficios varios.
¡Vive Dios, qué desventura!
Pero, ¿en qué manos estamos?
Hasta que llega la hora
de bajar del escenario
y dejar que otros ocupen
tu sitio en este teatro.
Pero, por ese motivo
no hay que llorar, bien mirado
ya te estaba haciendo falta
un merecido descanso.