MONÓLOGOS TRAVIESOS

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No quieren ser divertidos, aunque, a veces, puedar resultarlo. Tan solo pretenden hablar de la vida: del presente, del pasado y del futuro.
Y esperarán, como el arpa de Becquer, que alguien, algún día, los rescate del olvido, enfrentándolos al público encima de un escenario. Mientras tanto, aquí irán apareciendo y aquí­ tendrán su espacio y su casa.

El niño, el joven y el viejo

(Monólogo en 4 partes, marcadas por las diferencias de rima, siempre asonante. Debe hacerse con la gesticulación adecuada y el movimiento corporal apropiado a las diferentes situaciones. La primera parte, en la que se habla del niño, desde el proscenio. Bastará como mobiliario una silla y, tal vez, una mesa y alguna copa como recurso.
I
El niño que llevo dentro
me da la mano y me invita
a jugar con sus juguetes
y a rondar por las esquinas.
Yo me resisto, apocado,
pero el niño tira y tira
y tengo que conformarlo
con alguna chucherí­a.
(Pausa)
El niño quiere que deje
mis agobios y mis prisas
y que me suba, sin miedo
al tren de la fantasía;
que deje mis aposentos
y que me abrace a la vida.
Y yo, cuando se distrae,
logro perderlo de vista,
y me mantengo muy digno
en mis sagradas mentiras.
Pero, a veces, pocas veces,
miro lo que el niño mira
y logro darle la mano
al niño que llevo encima.
(Pausa y cambio de posición en la escena. Puede valer la silla o, incluso, la mesa para sentarse apoyado).
II
El joven que va conmigo
me quiere cargar sus sueños
y yo le digo que espere,
que yo no puedo con ellos;
que mi tiempo ya pasó,
aunque entienda sus deseos.
(Pausa)
El chaval que va conmigo
se me escapa de los dedos
y sus planes imposibles
me rompen el esqueleto.
Se enfrenta al mundo con rabia,
protesta por todo, y luego,
es tierno como una rosa
y frágil como un misterio.
Él me pide mi experiencia,
pero nunca mi consejo,
no le interesan mis dudas,
ni mis porqués ni mis peros.
Pero yo, a veces, lo escucho,
me coloco un traje viejo
y me pego un homenaje
igual que en aquellos tiempos.
(Pausa breve)
El joven que va conmigo
tiende sus alas al viento
y yo lo quiero seguir,
pero casi nunca puedo.
(Pausa larga y cambio de posición; de nuevo al proscenio para poner gesticular y moverse con más soltura).
III
El viejo que llevo encima
pide paso a cada paso
y yo le digo que espere,
que estas cositas, despacio.
Pero el viejo, insiste, insiste
y se pone tan pesado,
que tengo que demostrarle
que aún hay cuerda para rato.
Y me pongo a hacer piruetas,
a beber como un cosaco,
a bailar como un poseso
y a dar saltos, muchos saltos.
(Pausa)
El viejo viene hacia a mí­
y me anuda en un abrazo
y no me suelta, furioso,
mientras me lleva a su paso.
Y me dice y me aconseja,
que obre conforme a mis años
y que me vaya con él,
que al fin y al cabo es mi hermano.
Pero me logro soltar,
al menos, de vez en cuando,
y él me increpa y me persigue
y yo lo mando al carajo.


(Pausa larga y más libertad de colocación, puesto que ya están todos los personajes en liza).
IV
El viejo, el joven y el niño
van compartiendo mi historia:
el niño perdiendo el tiempo,
el viejo pidiendo la hora,
el joven tejiendo sueños
y yo persiguiendo sombras.
(Pausa breve)
Cuando se juntan los tres
tengo que esconder mis cosas,
porque lo revuelven todo
y todo me lo alborotan.
Y se apiñan los reproches
con la esperanza más tonta;
las ilusiones perdidas
con las verdades más hondas;
y yo, en medio de los tres
masticando mi derrota.
(Pausa más larga)
Mi joven pasa de cosas,
que a mí­ me dejan perplejo
incluso pasa de mí­,
de todo lo que yo espero.
Y me pone zancadillas
y desprecia lo que siento
y se mofa de mis dudas
y se burla de mis miedos.
(Pausa)
Mi viejo pide, indecente,
que deje de hacer el lelo
y que me instale en su piel,
que parezco un quinceañero.
Me reclama y me aconseja
y me tiene que no duermo.
Y yo le digo que basta
y él me contesta que bueno,
pero que si sigo al joven
voy a maltratar mi cuerpo
y que si yo no lo cuido
¡a ver qué cuerpo le dejo!
(Pausa)
Mi niño, pobre criatura,
de los tres, es el más cuerdo,
el que a mí­ más me comprende,
tal vez, porque es el más viejo.
Me regala su inocencia
y yo la tomo en silencio,
y, a veces, hasta la uso,
aunque me engañen por eso.
Pero yo cuido a mi niño,
porque es lo mejor que tengo.
(Pausa)
Pero he de reconocer,
que los tres son un martirio,
cuando quieren conseguir
de mí­ lo que ahora es mí­o.
Mi viejo tira hacia un lado,
el niño hacia otro camino
y el joven, que es el más fuerte,
nos salta a todos de un brinco.
El viejo quiere que duerma,
que no pare, quiere el niño
y el joven quiere que baile
toda la noche a su ritmo.
Mi niño tiene nostalgias,
mi viejo tiene apetito;
esto es el mundo al revés,
como lo siento lo digo.
(Pausa)
A veces me vienen ganas
de acabar con tanto ruido,
de sacarlos de mi vida,
de volverme otro distinto,
de escapar de sus miradas,
sus caprichos y sus gritos.
Hasta he pensado matarlos,
escapar de este suplicio;
pero serí­a un disparate,
como matarme a mí­ mismo.
¡Has de alejarlos de ti!,
me proponen mis amigos,
pero yo los quiero a todos:
al viejo, al joven y al niño,
todos son parte de mí­,
los cuatro somos “yo mismo”.

Toda una vida

(El personaje debe andar en los últimos momentos de su vida activa. Desde ahÍ­ hará un recorrido entrañable, aunque nada vanidoso de su vida; con distancia, hará un relato cargado de ironÍ­a, de humor socarrón y de placidez, no exenta de crÍ­tica).
I
Yo vine al mundo llorando
como todos los humanos;
los animales no lloran,
pero nosotros lloramos.
Me pusieron un babero
y un chupete entre los labios:
me volvieron un mamón,
mamando, siempre mamando.
Y me dieron un muñeco
con carita de payaso
y me miraban con ojos,
que me daban sobresalto.
Y me decían palabras
que sonaban raro, raro,
unos sonidos chocantes,
sin ningún significado.
Me colocaron un nombre
sin preguntarme: muchacho,
¿cómo quieres que te llamen
los chavales de tu barrio?
Me abrieron una libreta
de ahorros, me bautizaron,
me llevaban de paseo,
a todo me acostumbraron.
Y yo sin decir ni pío,
callado, siempre callado.
Me compraron una cama
clausurada por los lados
y me daban un manjar,
algo ní­veo entre las manos,
que me serví­a su tesoro:
un néctar sabroso y blanco;
cada dos horas los dioses
se posaban en mis labios;
y a mí­ tanto me gustaba
aquel maná dulce y grato,
que me tiré cinco años:
¡sesenta meses mamando!
Y así­, de aquí­ para allá,
sin haber dado ni un paso,
viajaba sin parar
desde la cuna a los brazos.
Luego llegaban caricias,
lisonjas, mimos, regalos,
y, un buen dí­a, de repente,
empecé a andar como un pato,
y a fuerza de andar y andar,
sin parar y sin descanso,
me encontré con que ya andaba
mejor de lo que ahora ando.
Y otro dí­a, de improviso,
me encontré con un hermano,
una bolita rosada
con dos piernas y dos brazos,
y empecé a sentir el sí­ndrome
del prí­ncipe destronado.
¡Qué terrible, compartir
tus juguetes y tu cuarto!
¡Qué tremendo, consentir
que otro use tus zapatos,
te pierda tus calcetines
y ocupe el cuarto de baño!
Y que te robe el cariño
que tú te habí­as ganado.
¡Qué desgracia, madre mí­a!
Y ahí­ acaba el primer acto 
II
Cuando menos te lo esperas
te montan un cumpleaños,
invitan a mucha gente,
te visten de punta en blanco
y te dicen que esos son
tus parientes más cercanos.
También vienen muchos niños
y hay Coca-Colas y helados
y bollitos muy pequeños
y batidos y tu hermano
coge un rebote tremendo,
porque lo dejan a un lado.
Y todos están contentos
y comen como bellacos
y comiendo sin parar
se ponen como unos guarros.
Y miras aquellas caras
con ojos desconcertados
y con ganas de llorar
vas pasando por el aro
y te vas volviendo un potro
tranquilo, serio, domado.
Al comprobar que te miman
y que te traen agasajos,
poco a poco, sin querer,
tú te vas acostumbrando
a convivir con los otros,
a compartir tus espacios,
a respetar sus costumbres
y a ser un chico educado.
Luego te llevan a un sitio,
que suele tener un patio
con habitaciones grandes
y un pasillo muy, muy largo,
con pupitres y pizarras
y techos altos, muy altos,
y gente seria, muy seria
y ¡adiós al feliz verano!
Y te atiborran de libros,
de normas, de abecedarios,
y te obligan a acostarte
y a levantarte temprano.
Allí­ te enseñan que dos
más otros dos suman cuatro,
y que los héroes de ayer,
los gigantes del pasado
forjaron nuestro presente
en míticos escenarios.
Y así­, poquito a poquito,
con paciencia y con cuidado,
te van llevando hasta el huerto
y te van domesticando.
y te enseñan a fingir
y te obligan a ser cauto,

y toda tu vida entera
la meten en un horario. 
Empiezas a protestar…
y fin del segundo acto.

III
Y un buen dí­a te presentas
con tus pantalones largos.
¡Enhorabuena, chaval,
ya eres todo un ciudadano!
Pero te pesan las piernas
y llevas encima un pavo,
que apenas puedes tirar
de tus huesos estirados.
Y te pica la entrepierna
y te pica tanto y tanto,
que tienes que desfogar,
con fruición, a cada paso.
Y te molestan las normas
y te sientes tan precario,
que te buscas compañí­as
que compartan tu desánimo.
Y tus padres no te entienden
y te encuentras tan cansado,
que parece que tuvieras
ochenta o noventa años.
Pero va pasando el tiempo
y tú, cada vez más alto,
y aquellos ratos de ayer
te parecen tan lejanos…
Pero por mucho que quieras
mirar al frente es en vano: 
el pasado está presente,
siempre regresa el pasado
y lo que fuiste es la regla
que va midiendo tus pasos.
Y a la grupa de tu infancia
inciciás un nuevo tramo,
que no es que sea más bueno,
que no es que sea más malo,
sino otra cosa, distinto,
porque las cosas cambiaron.
Y te miran las mujeres
y te dan un sobresalto
y sueñas hacer con ellas
lo que sueles con tu mano,
y los viejos te recuerdan
tus deberes olvidados:
¡y has de ser un tí­o decente!
¡has de buscarte trabajo!
¡Y labrarte un porvenir!
¡Y casarte, qué carajo!
¡Y tienes que devolverle
al mundo lo que te ha dado!
Y tú gritas, ¡libertad!
Y ellos te dicen: ¡despacio!
Tienes que ser responsable,
que ya no eres un muchacho.
Y tú te vas convirtiendo
en un burgués silenciado,
en un hombre taciturno,
en un personaje falso
de un drama que otros escriben
sin hacerte a ti ni caso.
Y tu vida, lentamente,
se te escapa de las manos.
Y sin más prosopopeya,
aquí­ acaba el tercer acto 
IV
Y así, de afrenta en afrenta
y de fracaso en fracaso,
te vas volviendo un mediocre
egoí­sta despechado.
Y te van poniendo multas
y te van dando sablazos
y llegar a fin de mes
se convierte en un calvario.
Pero, eso sí­, tan contento
con tu tele y con tu radio,
con tu cerveza y tu fútbol,
tu playa y tus Reyes Magos.
Porque debes ser feliz,
aunque tu vida sea un raro
ejercicio de equilibrio
entre el dolor y el pecado.
Y te cargan de maldades,
aunque tú seas un santo,
y el pelo se va vistiendo
de un creciente color blanco.
Y te van creciendo hijos
y el salario va menguando
y los problemas se vuelven
compañeros, casi hermanos.
Y tu jefe no se entera
del valor de tu trabajo,
ni de tus capacidades
malgastadas por un plato
de comida sin sustancia,
empaquetada en un plástico,
que trajinarte a la boca,
que arrimar a tu rebaño. 
Y entre prisas y cabreos,
entre pitos y semáforos,
vas pasando por el mundo
sin tiempo para mirarlo.
Sin ser conscientes de nada
elegimos y votamos
a unos listos con corbata
de marca y muy trajeados,
de profesión, sus trajines,
sus sobres y sus escaños;
tan soberbios como prí­ncipes,
tan expertos como vagos.
Y ponemos nuestros hijos,
nuestras vidas, nuestros cuartos,
en sus caprichosas mentes,
en sus beneficios varios.
¡Vive Dios, qué desventura!
Pero, ¿en qué manos estamos?
Hasta que llega la hora
de bajar del escenario
y dejar que otros ocupen
tu sitio en este teatro.
Pero, por ese motivo
no hay que llorar, bien mirado
ya te estaba haciendo falta
un merecido descanso.

El despistado


(Entra en la escena registrándose con ansiedad todos los bolsillos. No dejará de hacerlo hasta que comprenda que es inútil insistir en la tarea, pues no encontrará lo que busca).

Vaya por Dios, otra vez he vuelto a olvidarme las llaves. Pero yo salí de mi casa y cerré la puerta, por tanto he debido dejarlas en otro sitio. Pero, ¿Dónde? Tendré que desandar otra vez los lugares que he visitado esta mañana. Lo malo es que como soy tan despistado, no recuerdo bien dónde he estado y en qué orden. En fin, a volver por donde vine (inicia la acción de marcharse, pero se vuelve para explicarse). Así no tendrán que buscarme ni el de la panadería, ni el de la cafetería, ni el del quiosco, ni la cajera del supermercado. Todos me han buscado más de una vez para devolverme las llaves, el móvil, la cartera, la tarjeta de crédito, el carnet de identidad, la copia de la declaración de la renta, el libro de familia…

Hasta el chorizo del barrio me ha traído el móvil a mi casa, porque, según me dijo, intentó venderlo a unos cuantos vecinos y todos le dijeron que lo conocían y al dueño también y le amenazaban con denunciarlo a la policía. Sin duda, mi móvil es más conocido que yo entre la vecindad.

Y es que tiene uno muchos problemas, muchas preocupaciones y no está uno en lo que tiene que estar. Que si mi mujer, que si los niños, que si los impuestos, el Ayuntamiento, que si Rajoy, que si la crisis. ¡Joder! Es que es imposible estar concentrado en las cosas. Este mes me han bajado por sexta vez consecutiva el sueldo. Siguiendo esta progresión, dentro de otros seis meses tendré que ser yo el que le pague a mi empresa. La cosa está chunga. Antes había veinte empleados para hacer la faena que ahora hacemos entre cinco. Y el sueldo va bajando en la misma medida en que van subiendo las horas de trabajo y las tareas. ¿Cómo va uno a concentrarse así?

Voy tan preocupado por la calle, que el otro día me encontré a mis suegros, me saludaron y yo les dije que me sonaban sus caras, pero que no caía de qué. O el viernes, que me llamó mi hijo por teléfono y le dije que enseguida lo ponía con su padre.

Con el niño tengo yo cada historia. Ahora debe tener unos veinte años. Cuando tenía cinco, más o menos, bajó una noche conmigo a tirar la basura (¡qué ocurrencia!). Ten cuidado con el niño – oí a mi mujer desde la cocina -. No te preocupes – contesté -. El niño en aquel tiempo no se separaba de mí. Ahora no se acerca. Bueno, solo cuando tiene que pagar algo. Entonces aprovecho para estar con él un rato: lo que dura la acción de que un billete de mi cartera pase a su mano. A lo que iba, bajé con el niño y la bolsa de basura, cruzamos a calle, tiré al niño al contenedor y volví a mi casa con la bolsa. No hay que decir cómo se puso mi mujer. Sin motivo. Ya había tirado al perro un montón de veces y debería estar acostumbrada.

Con la basura tengo otra buena. Un día hicimos los preparativos para pasar el fin de semana en la playa. Un par de maletas y el niño. Y otra vez, nueva ocurrencia de mi mujer: – coge las bolsas de basura y aprovechamos para dejarlas antes de irnos – . Dicho y hecho; cargo como puedo con las dos bolsas y las dos maletas y espero a mi mujer sentado en el coche. Me encanta esperarla oyendo la radio mientras llega. Se suele atrasar. Cuestión femenina. Llega, arranco, bajamos por la carretera de San Pedro; camiones por un tubo; cabreo. Llegamos al apartamento, abro el maletero para recoger el equipaje y… ale-hop: las maletas han desaparecido y en su lugar resplandecen dos estupendas y negras bolsas de basura. No tengo solución. Fin de semana arruinado.

Tengo más de este tipo, pero no quiero cansaros. Pero sí voy a contaros lo peor que le puede pasar a un despistado como yo, que comparte esa condición con la de ser…llamémosle, de vista reducida, por decirlo fino.  Y es que perder las gafas, para alguien como yo, se convierte en un auténtico drama. Necesitas tus gafas para poderlas encontrar y eso es absurdo, de manera que tienes que acudir a los que están a tu alrededor para que lo hagan por ti. Y tú mientras, tropezando con los muebles, dándole patadas a las sillas y palpando y trasteando mientras vas tirando los objetos más delicados que adornan las estanterías que, curiosamente, coinciden con los que más aprecia tu señora. Un dramón. Una tragedia.

Ahora bien, yo sé que estos tiempos lo tienen a uno desorientado y confundido, pero, tengo que ser sincero y he de reconocer que esto no me ha surgido de repente, ni se me ha acelerado con los años. Yo, ya siendo un niño, presentaba signos claros de ser una persona despistada, con tendencia a extraviarme.

De pequeño, salía de casa con mi madre, pero nunca volvía con ella. En el primer escaparate que se paraba mi madre y me soltaba, ya estaba yo agarrado a otra mano. Y así iba de mano en mano hasta que alguna conocida me devolvía a mi casa. Mi madre ya no se alteraba, ni llamaba a la policía. Simplemente esperaba a que alguien me devolviera, como ocurría siempre que me llevaba de paseo.

Por eso, no puedo culpar a los años de mis despistes. Lo mío es propio y natural; congénito e innato. Y hereditario.

Mi padre ya tenía fama en el pueblo. Cada noche intentaba dormir en una casa distinta, porque no se acordaba de cuál era la suya y cuando, estando soltero, se decidió por la muchacha más guapa de los alrededores, no volvió nunca más a salir con ella, porque la confundía con todas. De modo que mi madre es la primera con la que la confundió.

Vuelvo a mí. En el colegio, a duras penas acertaba a encontrar mi clase. Yo andaba en mi mundo, en mis fantasías y, por supuesto, en las clases que no era. Vete a tu curso – me indicaba el profesor – Te has vuelto a confundir, chiquillo.

En el patio, marcaba goles en mi propia portería y encestaba en las canastas de mi equipo. Todos se daban por perdidos cuando comprobaban con terror que yo había caído con ellos para jugar.

Pero el colmo de los colmos fue el día que me casé. Ese día batí todos los records. Teníamos un montón de invitados y cuál no fue mi sorpresa que llego a la iglesia y no había nadie en la plaza. — Bueno – me dije –,  todavía falta una hora y es normal que no hayan llegado ni los más agonías. Pero pasaban los minutos, diez, quince, veinte, media hora, y no aparecía nadie, ni los monaguillos.  Seguí mirando el reloj, cada vez con más aprensión y la gente sin aparecer. Entonces no había móviles; no podía llamar a nadie  a ver qué pasaba, por qué me habían dejado solo. Llegó la hora y nadie apareció: ni el cura, ni los padrinos, ni los más íntimos. Solo, me habían dejado solo en el día más importante de mi vida. Con las manos en los bolsillos, me tragué las lágrimas que pugnaban por salir, mientras daba vueltas a la plaza. Miré al cielo pidiendo una explicación. La encontré. Al ver la torre de la iglesia comprendí que me había equivocado de sitio. Aquélla no era la iglesia. Tembloroso y sudándome las manos, eché a correr como un loco hacia La Ciudad. Allí, en la Virgen de la Paz, debían estar todos aterrados por mi ausencia y consolando a mi novia por mi plantón. Lo nunca visto. Abandonada en la puerta de la Iglesia. Por mí, que tanto me había costado convencerla y conquistarla.

Pero luego comprobé que ella nunca perdió los nervios. Era la que mejor me conocía. También mi madre estuvo tranquila. – No os preocupéis, llegará – decían las dos, casi al unísono – Se habrá despistado; habrá tirado el reloj sin darse cuenta -. Y, efectivamente, llegué, sudando a chorros, treinta minutos tarde, pero llegué. ¡Qué aplauso me llevé! En el altar sentía el traje como una bañera. ¡Qué forma de sudar!

No quiero cansaros, pero tampoco quiero que os quedéis sin conocer otro par de experiencias alucinantes. Porque creo que, además de disparatadas, son instructivas. La primera me ha ocurrido más de una vez. Aparco el coche, voy a hacer mis cosas o me paseo o tomo una copa y después… No hay forma de recordar dónde lo dejé. Pero no más o menos, es que no me acuerdo de la calle, ni del barrio. Más de una vez en vuelto andando a mi casa o en taxi. Una vez, en un Centro Comercial, creo que fue IKEA, terminé con tanta desesperación después de buscarlo durante veinte minutos, que llamé a la policía, puse una denuncia y monté un pollo de categoría. En la comisaría, sin embargo, me vino la luz: había ido a IKEA en autobús. ¡Madre de Dios, cuando se lo dije al agente!

Tuve que pagar una  multa por movilizar a las Fuerzas de  Orden Público sin causa justificada. Un juicio rápido y 300 euros menos. Ni por esas. No escarmiento.

Esto que me pasó poco después, no me costó dinero, pero sí un corte tremendo. Resulta que había muerto la madre de un compañero de trabajo. Era de un pueblo cercano y hasta allí me dirigí con tres amigos más. Aparcamos el coche y nos dirigimos a la casa, después de preguntar a un par de vecinos. En aquel pueblo se seguía velando a los difuntos en las casas. Como no conocía más que a mi amigo y no lo vi en la entrada ni en el pasillo que daba acceso a la habitación donde estaba el cadáver, no se me ocurrió otra cosa que ir soltando pésames a diestro y siniestro hasta el salón. Las caras que ponían los presuntos deudos eran de película, aunque solo alguno y ya al final del pasillo, se atrevió a indicarme con un hilo de voz que ellos estaban allí también para cumplir con la familia. Fue la más sonada, pero no la única vez que he dado abrazos equivocados y repartido pésames por doquier, sin ton ni son.

Pero hay mucho, mucho más. Eso de coger el autobús equivocado y bajarme en la estación que no es, no son más que pura rutina para mí. Sí, voy a contaros…Pero, ¡madre mía! Acabo de recordar que hace media hora tenía que recoger al niño (mientras va saliendo precipitadamente de la escena), que hace un cuarto de hora me esperaba mi mujer en la farmacia y que, ahora, ¡justo en este momento!, teníamos los dos una cita con el psicólogo. Adiós, adiós, ¡Qué desastre!

(Sale, por supuesto, por la puerta equivocada).

Hazme un sitio en tu montura

A lomos de Rocinante,
atravesando La Mancha 
prefiere la libertad
al abrigo de su estancia.
Elige limpiar la tierra
de villanos con su lanza,
pertrechado de un ensueño                      
que cubre más que su adarga.
Va dentro de su armadura,
de su yelmo  y su celada                               
como un extraño inquilino
de su propia destemplanza;
como un ardiente adalid
de su ideal y su amada,
de su dulce  Dulcinea,
Aldonza transfigurada.
Su caballo y su escudero
son su mejor alianza;
su arrojo y su bonhomía
forjan sus mejores armas.                 
Lleva en el pecho una estrella 
una febril llamarada,
un destino inexorable
que lo empuja y que lo llama. 
Delante va su quimera,
detrás lleva a Sancho Panza         
y en el mundo que abandona 
deja su hacienda y su casa,
el calor de sus amigos,
a su sobrina y su ama,                         
a su galgo corredor,
sus libros, su cama blanda.
Su horizonte no es la línea
que dibujan las montañas       
ni esas siluetas arbóreas
que vislumbra en lontananza,    
sino dar fuerza a los débiles
dar su sangre a los que sangran,
comprensión a los que sufren
y rigor a los canallas.                             
Va cubriendo los caminos
con su gloria y con su fama,
a los charranes vencida
y a los gigantes ganada.       
No te pares caballero,
no abandones tu campaña,  
procura que los tunantes
se conformen con las ganas, 
que hace falta tu presencia,             
precisamos  tus hazañas. 
           II
Porque este páramo absurdo,
esta historia chabacana
necesita de tus sueños,
de tu utópica mirada,
de tu genial chifladura,
de tu valor y tu lanza.
Ayer no es posible y hoy                
es una sustancia vana,
una entelequia, una duda,
una imposible maraña,                       
una monstruosa cordura,
una atroz y brutal farsa.
Mañana es igual que ayer;
ayer es hoy sin mañana.
Cada apuesta por la vida
es una nueva campaña,
un pasaje sin regreso,
una aventura frustrada.
La soledad nos acecha,
el desamparo amenaza                             
y la  congoja se adueña
de nuestra pobres sustancias.
¿Cómo no esperar tu envite
a tanta desesperanza?
Se han perdido los papeles,            
han ganado la batalla
los buscadores de votos,
los cazadores de almas
que ignoran que la verdad
es una cosa sagrada                                
que no pertenece a nadie
y que a todos nos alcanza.
¿Cómo no querer, señor,
acabar con tanta trampa?
¿Cómo no querer cambiar
lo que tanto nos espanta?
Donde los niños estorban, 
donde los viejos se aparcan
hace falta que tu furia
ponga en orden tanto drama.                      
En un orbe que prefiere
la tosquedad a la gracia,
las tarjetas a los besos,
el plástico a las manzanas, 
los cheque a las caricias,
los gritos a las palabras,
hace falta un Don Quijote
dispuesto a dar la batalla,
que entierre en la pobre tierra
tan sórdidas acechanzas. 

III
Llévame, hidalgo, contigo,   
ayúdame en la mudanza
que mis huesos necesitan
y que este mundo reclama.
Hazme un sitio en tu montura,
dame tu brazo y tu espada
y préstame tu locura,
bendita locura humana.
Si tú me dejas tu puño                
y yo te presto mis ganas,                   
no crecerá en el planeta
ni un mal gramo de cizaña.
Y si me prestas tu amor
y yo te dejo mi rabia,
ni un espíritu andará
sin una aventura mágica.
No me dejes tu amargura
ni tu daño ni tu drama,
tus lacerantes heridas
tus ilusiones ajadas,                       
que yo ya tengo de esas 
una nómina bien larga.
Pásame tu sed de lucha,
tu hambre de bien y tu garra,
tus deslumbrantes razones
y tu  bizarría brava.                      

Que este enfermo necesita
que tú le laves la cara,
que le alientes en la lid
y que le cures las llagas.                                      
Que le protejas el pecho,
que le guardes las espaldas,
que lo alivies del marasmo
que por doquier lo quebranta.
Pondremos a los valientes
por encima de las lágrimas;                    
daremos a los cobardes
un corazón y una causa.
Enterraremos en risas
a la tristeza prosaica.                                           
Para los sabios, discípulos,
para los buenos, constancia,
para los malos, desprecio
por donde quiera que vayan.
A los ídolos, silencio,
a los aburridos, marcha.
Para los crueles, justicia,
a las víctimas, venganza;
para los pobres, fortuna 
y ocasión para gastarla. 

IV 
Que se preparen los necios,
que se acicalen las damas,
que tiemblen los despreciables
partidarios de la nada;
los que escupen su miseria
por el vientre de sus balas,
los que preñan los cañones
con su mierda y con sus babas.
los que corrompen el sueño
de las inocentes almas,                                
los que ensucian con su bilis
las veredas más holladas.                           
Que tiriten los  mediocres,
las   censuras, las mordazas,
el atropello, el abuso
la injusticia  y las sotanas.
Los que duermen a la gente
con dulces cuentos de hadas.
Los que despiertan la noche
y matan la luz del alba.                           
Que escapen los miserables,
los mezquinos, hierbas malas               
que llenan la pobre tierra
con sus pestosas entrañas. 
Que corran los poderosos  
y sus podridas comparsas,
porque no habrá compasión
ante sus perfidias bárbaras.
Los  tibios  y los ingratos,
los vacuos y las morrallas,                   
que se pierdan como el viento, 
que escapen con luna clara,
pues va a caerles la noche
con su negrura macabra.
Que se apresten a volar
los verdugos y sus hachas,
que busquen un agujero
las carroñas despiadadas,
que se metan bajo tierra
las terribles alimañas,                                  
porque vamos sin piedad
con nuestras justas guadañas.                     
Que se esfumen las fronteras,
los muros, las alambradas,                            
que vamos a abrir senderos
pintados con luna blanca. 
Que se prepare la muerte,
que afile sus negras garras
que vamos a entrar en fiera,
cruel y desigual batalla. 
                         
V
Mas calle, señor, no grite,                
que no nos deslumbre el alba,
soñemos siempre, soñemos
como nuestra esencia manda.
Que no nos despierte Sancho, 
quede su boca callada:
su verdad es la verdad,
mas no conviene mirarla;
démosles mentiras dulces
a las verdades amargas,
que hay mucho entuerto pendiente
que desfacer nos reclaman;
que hay que mirar adelante
aunque nos cubran la cara,
que hay que volar muy arriba
aunque no tengamos alas.
Sembrar nuestro pobre huerto, 
aunque la tierra sea mala
y recoger la cosecha  
aunque la fruta sea vana.                                 
Regar los áridos surcos,
aunque nos roben el agua.
Golpe a golpe, verso a verso
como Machado mandaba.
Sancho sabe bien que el hombre
tiene costumbres muy raras,
ilusiones desmedidas,
pretensiones muy extrañas:
legar a ninguna parte,
querer asir lo que pasa,                                     
gemir delante de dioses
que no entienden sus plegarias;                     
morir por causas inútiles,
correr detrás de fantasmas;
pretender que gana siempre
sabiendo que nunca gana;
luchar contra la razón 
que invita a guardar la calma,
estropear los caminos
antes de iniciar la marcha.                                  
Caminar sin un destino,
retar a la madrugada,
alzarse para  caer
de nuevo en la misma trampa;
querer luchar contra el viento
invencible que lo arrastra.
Apuntar al infinito
mientras la tierra lo abraza,
trascender sin trascendencia,
esperar sin esperanza.     

...Y ese puente

Ronda encima de su Tajo,   
mirando arriba y abajo
desde su gloriosa altura
con su piel rugosa y dura,
sus arterias luminosas,
con su carne revoltosa
y ese puente
siempre atestado de gente
con los pellejos al viento
que no para ni un momento
con sus cámaras en ristre
y ese espectáculo triste
de los coches en hilera
parados y en las aceras
otros impidiendo el paso.
Y la gente, por si acaso
por en medio de los coches.
Y esto de día y de noche
como una gran maldición
nacida del corazón                                              
de este pueblo centenario,
de piedras y campanarios
moldeando las conciencias.
De culto a las apariencias,
de apellidos pintureros
sin prestigio y sin dinero
pero con mucha calaña,
herederos de esa España
pertinaz, eterna y vana
siempre obediente a campanas,
uniformes y sotanas,
recelosa del presente
y enemiga del futuro,
ese agujerito oscuro
que sólo trae novedades,
donde mueren las verdades
que tanto costó forjar
y que ahora vemos pasar
como pasa la corriente.
Y así volvemos al puente                                          
con sus tres esbeltos ojos
y sus grajos y sus rojos
y limpios atardeceres,
sus hombres y sus mujeres,
sus niños y sus escuelas
y ese frío que se cuela
y te congela hasta el alma
y ese “Niño de la Palma”
y Antonio Ordóñez, toreros,
hijos de Pedro Romero                                             
y padres del ancestral
y puro arte celestial
de pintar con la franela
lienzos que han hecho de Ronda
una tauromaquia honda,
una plaza universal.
Y del puente a “La Ciudad”
(ese barrio de verdad)
en donde duerme la historia,
donde sueña la memoria
y uno se siente más viejo,
más cerca, pero más lejos
de aquello que ya no es
pero sigue siendo, pues
se esconde en esos rincones


en sus rejas y balcones,
sus iglesias y sus casas,
en el frío que traspasa,
en su aire y su color
donde el inocente amor                                               
sigue mirando al poniente
y otra vez vamos al puente,
metáfora de la vida,
lugar de entrada y salida,
de paso de caminantes,
de caballeros andantes
y damas enamoradas,
de pasiones encontradas,
conjunción copulativa:
cópula de piedra viva
que concilia los contrarios
y que admite en sí los varios
y curiosos personajes
que conforman su paisaje;
con sus sueños y quimeras 
pululan por sus aceras
llenas de gentes sencillas
y de sus medias costillas,
esos que tiran del carro,
que no le temen al barro
y que pagan su sustento
a los que viven del cuento;
de especuladores varios,
de salidos del armario
y de mucho cara dura
y de comida basura;
de alimañas peligrosas
y amantes de salsa rosa;
de políticos ineptos,
sin ideas y sin conceptos
con una sola obsesión:
pertrecharse en el sillón;
de jóvenes cavilando
y de maestros soñando
que lleguen las vacaciones,
de verdades, de ficciones,
de padres acongojados,
ocupados, preocupados,
rebosantes de cariño
de no dárselo a los niños,
de tiendas donde no hay nada,
tenderos con empanada,
de peregrinos sin fe,
de curas sin testimonio,
¿dónde está usted, don Antonio?
¿Por qué no vuelve otra vez?
De poetas como yo, 
de locutores sin voz,
de abogados relamidos,
de médicos presumidos                                                         
y ediles incompetentes
y otra vez de nuevo el puente
como punto de inflexión
y acabo esta reflexión
no vaya a ser que la gente
diga que soy un mamón,
un estúpido inconsciente,
aunque tenga la razón
que ya sabemos que así
suele reaccionar la gente.