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Ya está a la venta en Ronda y, a partir del 1 de marzo en todas la librerías importantes del mundo.

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INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

Cuando yo era un niño tuve la inmensa fortuna de recalar en esa parte de Ronda poblada de campanas y campanarios, de jardines foresterianos, de callejones misteriosos, de palacios abandonados y casas destartaladas, de personajes curiosos y extravagantes, costumbres ancestrales, braseros de cisco y ventanas de rejas exhalando suspiros y olores a pucheros y guisos precarios, exquisitos y apetitosos.
Venía de un mundo rural y agrario, entrañable y enriquecedor y aquí encontré la parte que me faltaba, la que el campo no podía darme: el bullicio de las calles, el resplandor de la ciudad soñada, el horizonte de un futuro en ciernes. Frente a la sencillez acogedora de aquella vida recogida, aparecía la complejidad de un universo lleno de escaparates, cines, luces de neón y un atisbo de la prisa que más tarde terminaría convirtiéndose en la plaga y pesadilla del fin de siglo. Y en ella seguimos.
Eran tiempos en los que había que pelear la existencia a diario, jugarse el presente partido a partido, en expresión que actualmente ha puesto de moda un entrenador exitoso de nuestro fútbol. Tiempos en los que los únicos excesos venían del lado de las ilusiones, de los sueños, de las quimeras. Las fiestas, las comidas, la ropa, los viajes, estaban estrictamente racionados. Fuimos hijos de la sobriedad, la circunspección y la escasez.
Tiempos de beatas, de solteronas, de algún que otro borracho vociferante y medidor de callejones sinuosos, vendedores ambulantes, afiladores, carpinteros lindantes con tallistas… Todos ellos conformando el paisaje humano de un barrio en el que la historia había dejado sus huellas de alta alcurnia y frágil presente en forma de portales con abolengo, fachadas enjundiosas, torres altivas y orgullosas e interiores inhóspitos y desheredados.
Tiempos de misa obligatoria, de tabernas con olor rancio de vino derramado, de aceitunas y queso, de mortadela y sardinas en arenque. De procesiones desvalidas y cuaresmas rigurosas; de mucha pena y algunas alegrías, de tanto luto como hipocresía social. De navidades escuetas al calor de un mantecado y una copa de aguardiente, de “Baño de los Hombres” y “Chopalea”, de “Lourdes” y “El Hondón”, de “Dieciocho de julio” y “Corpus Christi”.
Pero esa precariedad material fue activando todos los resortes de nuestra creatividad para ponernos en condiciones de sacar de donde no había, de buscar lo que no existía, de pelear por un futuro incierto y, aparentemente, imposible. Tanto valía la picaresca como el ingenio, el enchufe como la recomendación.
Y en este contexto en blanco y negro de los años sesenta, donde predominaba el gris y las sombras oscurecían las pocas luces que alumbraban nuestras pobres y calenturientas cabezas, el nombre de “El Cuqui” activaba quimeras y fantasías. Se le citaba, se hablaba de él en las casas, se le tenía por un personaje, raro pero especial. Alguien que sobrevolaba la vulgar cotidianeidad de un tiempo empobrecido y empobrecedor. Alguien que poco tiempo después terminó confirmando la bohemia que ya apuntaba, forjándose dentro de sí un personaje peculiar, trotamundos, pintor, guitarrista, soñador y aventurero, entre otras muchas cosas.
Y en ese ambiente empezó a tejer su historia Antonio, a construir su personaje. Los seres humanos nunca estamos terminados, nos vamos haciendo poco a poco y nunca damos por rematada esa tarea. Vivir es forjarse, construirse sin descanso…
Decir Cuqui es decir Ronda. Cuenta él que cada vez que le han preguntado su procedencia contesta sin ningún titubeo: Ronda. Luego cita a Málaga, a Andalucía y a España. Pero, en primer lugar, Ronda, su tierra, su calle, su barrio, «La Ciudad”, su Puente y su Tajo, grabados a fuego en su alma de apátrida.
Decir Cuqui es decir guitarra, Japón, pintura, bohemia. Decir Cuqui es decir broma, ocurrencia, chanza, buen humor.
Antonio González sigue viviendo a su ritmo, con su propio compás. A contratiempo de este mundo acelerado y vertiginoso que nos ha tocado transitar. Frente a tanta vorágine él sigue imponiendo su cadencia lenta, convencido de que lo que tenga que ser será. Despacio, que el arte y las prisas son malos compañeros y amigos imposibles.
Y aquí sigo yo también, en mi barrio de siempre, espero que por mucho tiempo, rodeado del mismo espíritu medieval que destilan templos y calles y plazoletas, mezclado con ese aire falsamente cosmopolita de un turismo invasor y contaminante. Y aquí, en La Ciudad, nuestro barrio, el barrio del “Cuqui”, seguimos recordando gestas infantiles y disfrutando de estos rincones donde sigue agazapado y escondido el niño que ambos llevamos dentro.
Antonio González Muñoz, “El Cuqui” de sobrenombre. Antonio, la persona sensible… “Cuqui”, el personaje, forjado a golpe de talento, de arte, de maestría.

En el caso de Antonio y no es esto algo común, detrás del personaje, construido por él, hay una persona. En este caso sí; no siempre es tan sencillo mantener dentro de aquel a ésta. Muchas veces las personas sucumben a la fuerza o a la frivolidad o a la banalidad de los personajes que las cubren como una segunda piel grotesca y pétrea que las esconde y oculta para siempre. Pero Antonio ha sabido mantener siempre viva, diáfana, activa y en plena forma la persona juguetona, traviesa e inquieta que lo puebla. Nunca el personaje ha sido capaz de disimular al ser humano que lo construyó; nunca el efecto fue más importante que la causa; siempre prevaleció su humanidad sobre su criatura, ese personaje bohemio, valiente y atrevido.

Pero no hay que pensar que la diferencia esencial entre persona y personaje es que aquélla nace y éste se hace. No es así. Si es bien cierto que el personaje es una construcción, no lo es menos que la persona nunca es un ser acabado, rotundo, rematado. El ser humano se va haciendo día a día, decisión a decisión, paso a paso. Fracasos y éxitos, risas y llantos, certezas y dudas lo van conformando continuamente, en un proceso que indefectiblemente dura toda la vida.

Y Antonio, que en su tiempo construyó un personaje atrevido y audaz, nunca ha dejado de cultivar a esa persona que sigue latiendo y controlando a aquel que él mismo edificó.
Lo más valioso de Antonio González, “El Cuqui” es la espontaneidad. Jamás tiene nada preparado; simplemente surge. Tanto su toque como su palabra son el resultado de la inspiración del momento. Lo que dicta el instante va marcando el camino de sus respuestas. Le da igual lo que queda y cómo queda; lo que piensen o lo que digan de él. Vivir es ajustarse a ese soplo de la vida que pasa sin remisión, acomodarse a su paso, aunque intentando, en lo posible, que se ajuste al propio compás.
Ir con él por la calle es exponerse a no andar más de cincuenta metros en una hora. Para cada comerciante tiene una palabra; para cada camarero dispone de una broma; para cada transeúnte, una sonrisa divertida o un gesto cómico. Ese es Antonio, un hombre cordial y generoso, desprendido y solidario. Un hombre que nunca tuvo ningún afán de tener ni de atesorar ni de rendir ningún culto al materialismo. Pudo hacerse millonario en su etapa japonesa, pero el precio era demasiado caro, demasiado costoso. La propia libertad es el mayor patrimonio para la gente que, como Antonio, considera que vivir no es tener, sino sentir, participar, amar, relacionarse. Pero su patrimonio espiritual, que se vio muy incrementado en su aventura japonesa, sí que lo atesora con mimo y con auténtica avaricia. Esa es la única fortuna que le interesa. La que es capaz de acumular un espíritu libre como el suyo. Un espíritu libre dentro de un hombre sencillo, que ha sido capaz de vivir, no obstante, una existencia complicada. Un artista bohemio. Un rondeño singular y único.

En el libro titulado “Ronda. Dos miradas diferentes sobre una ciudad única”, en el que el autor de esta semblanza, en colaboración con nuestro amigo común José María Ortega, glosábamos las calles, plazas, casas, monumentos y personajes de Ronda, la figura de Antonio me atrajo estos versos, que juntos forman un soneto y que creo viene a cuento reproducir en esta introducción a sus andanzas.

A lomos del caballo de su arte
has llenado de arpegios medio mundo,
con ánimo flemático y rotundo,
llevando a Ronda siempre de estandarte.

Con luces de bohemia has alumbrado
un camino entre Oriente y Occidente
y con rigor de artista has demostrado
que no hay nada más grande que la gente.

Tu sueño ha sido un lienzo, una quimera,
pintado con jirones de tu vida
que te bebes a tragos, sin medida,

de tu guitarra sólo prisionera;
por notas y pinceles convertida
en plácida y eterna primavera.